Título: Generar rentas de innovación

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La estrategia de inserción en el comercio internacional debería promover una estructura productiva y exportadora diversificada en productos y mercados, con valor agregado de actividades intensivas de conocimiento en toda la cadena agraria y de otros recursos naturales.

Este artículo fue publicado en el diario Página/12 el 14 de junio de 2020.

Por Anabel Marín y Juan O’Farrell

La pandemia está transformando la economía global y poniendo en cuestión las formas de producción, comercio y consumo. Esta transición presenta una serie de desafíos y oportunidades para las estrategias de inserción económica internacional de los países de cara al contexto global pospandemia que ya pueden empezar a visualizarse.

Tanto por su su carácter de bienes esenciales y su impacto en la salud, como por su vínculo con la aparición y propagación de virus, las cadenas de suministro de bienes agrícolas y de alimentos probablemente sean de las más afectadas. Teniendo en cuenta que casi el 60 por ciento de las exportaciones argentinas viene de estas cadenas, esto representa un desafío prioritario para la estrategia de desarrollo e inserción internacional del país.

Los primeros datos arrojaron indicios preocupantes. El derrumbe del precio del petróleo implicó una caída pronunciada en los precios de los commodities agrícolas, principalmente del maíz por una menor demanda para la producción de biocombustibles, pero también de la soja

Se registró además una marcada reducción en el comercio por los problemas logísticos asociados a la pandemia, que se prevé llevará algún tiempo en recuperarse. La Organización Mundial del Comercio estimó que el comercio global caerá entre 13 y 32 por ciento en 2020. Según la Cepal, el valor de las exportaciones totales de América Latina caerán en consecuencia cerca del 15,0 por ciento, mientras que las destinadas a China disminuirían 24,4 por ciento. Las exportaciones de soja argentina a China están entre las más expuestas, según informó el organismo.

Más allá de este efecto inmediato, y mirando al mediano plazo, emergió también una visión más optimista. Esta predice que a raíz de la crisis actual podría incrementarse la proporción del gasto destinado a productos esenciales, especialmente alimentos y medicamentos. La experiencia previa indica que los países mejor preparados para satisfacer ese aumento en la demanda van a ser los que ya producen esos bienes. En ese sentido existiría una oportunidad para que Argentina expanda sus exportaciones de alimentos y diversifique su canasta exportadora. 

Algo similar podría pasar con las exportaciones de la industria farmacéutica, de equipamientos médicos y de desarrollos biotecnológicos aplicados al sector agropecuario y de la salud. Entre todas las malas noticias, desde esta perspectiva en esos sectores podrían aparecer nuevas oportunidades para expandir las ventas al exterior de los bienes y servicios que ya desarrollamos y otros relacionados.

Preguntas

Sin rechazar esta visión optimista, creemos que debe ser matizada a la luz de algunas cuestiones que pueden representar tanto nuevas oportunidades como desafíos. Más allá de los cambios cuantitativos en la demanda hay que prestar atención a los posibles cambios cualitativos en los mercados. 

¿Cómo van a cambiar los mercados globales de alimentos? ¿Qué tipos de alimentos van a ser más demandados? ¿Cuáles van a quedar fuera del mercado? Estas preguntas son importantes para debatir y decidir ahora qué hacer y enfrentar estas transformaciones, tanto a nivel de políticas públicas como empresarias.

En relación a estas preguntas, existen tres posibles cambios que deberían tenerse en cuenta: 

1. Los del comportamiento de los consumidores de alimentos en un contexto de mayor percepción del riesgo.

2. Los cambios regulatorios sobre la producción y el comercio de alimentos (por ejemplo, bioseguridad y propiedad intelectual) en los países de destino de nuestras exportaciones.

3. Los de política pública y empresarial, incluyendo las decisiones de los importadores de alimentos.

Estos cambios tienen un gran potencial de afectar no solo la cantidad, sino también el tipo de productos que se demanden y, por lo tanto, de redefinir la inserción de cada país en los mercados globales.

Consumo

En primer lugar, es razonable esperar que entre los consumidores crezca la percepción del riesgo asociado a las tecnologías y las prácticas utilizadas para producir alimentos, especialmente los elaborados en países en desarrollo. 

También es posible que aumente la preocupación acerca del impacto sobre el medio ambiente del consumo de bienes y servicios basados en el uso intensivo de recursos o en procesos productivos contaminantes. Ya se ha vinculado el origen de la pandemia a prácticas sociales ligadas a la comercialización de animales silvestres. Otras voces asocian el aumento en la propagación de virus y bacterias a prácticas como la producción industrial de animales y el abuso de antibióticos. 

En líneas generales, se señala que la mayor presión del hombre sobre la naturaleza está aumentando la probabilidad de ocurrencia de epidemias. En una nota recientemente publicada en La Nación, el sociólogo y asesor político estadounidense Jeremy Rifkin fue más lejos, vinculando la pandemia actual a la emergencia climática como consecuencia de la actividad humana. Aseguró además que estas pandemias van a seguir sucediendo porque “la vida animal y la humana se acercan cada día más como consecuencia de la emergencia climática y, por ello, sus virus viajan juntos”.

A medida que estas ideas crecen en la opinión pública, es probable que se acelere la creciente preocupación por los efectos en la salud y el medio ambiente asociados al consumo de ciertos alimentos.

Trazabilidad

En segundo lugar, es probable que se extiendan y hagan más duras las regulaciones a nivel internacional sobre cuestiones como trazabilidad y etiquetado en temas de bioseguridad y salubridad. Especialmente en los mercados de mayor poder adquisitivo, se van a fortalecer las exigencias de estándares en la producción de alimentos, que a la larga se convertirán en restricciones para el comercio. 

Durante las últimas décadas los países de mayores ingresos, como los europeos, han ido aumentando los requerimientos en el etiquetado por organismos genéticamente modificados (OGMs). También han comenzado a exigir mayor calidad de procesos productivos en relación, por ejemplo, al uso de pesticidas en base a la utilización de principios como el precautorio y el de límites basados en riesgos (hazard-based cutt-off) para la aprobación de sustancias químicas, los que permiten limitar el uso de estos productos ante las sospecha de que causen daño, aunque no haya prueba definitiva. 

A su vez, los nichos que más han crecido en estos mercados son los de productos orgánicos y de comercio justo, que incluyen estándares ambientales y laborales

Actualmente, un 42 por ciento de las exportaciones de alimentos procesados y un 22 por ciento de las de productos agropecuarios van a países de altos ingresos (Europa, Estados Unidos y Canadá). Podría suceder que esta conducta más difundida en Europa se extienda a otras regiones, lo que establecería exigencias para una proporción aún mayor de las exportaciones.

Proteccionismo

En tercer lugar, ya estamos observando, aún en países de tradición liberal, avances hacia un mayor proteccionismo, y escuchando discusiones acerca de las posibles ventajas de nacionalizar ciertas cadenas de suministro.

Uno de los efectos de la pandemia es que hay una mayor tendencia de los países a querer asegurarse la producción interna de bienes estratégicos y esenciales, algo que se vio con los respiradores y otros insumos médicos. Los alimentos podrían ser incluidos en esa tendencia. 

En este contexto es de esperar que los requerimientos de seguridad se usan también como barreras paraarancelarias. Es verdad que en muchos países existe un límite natural, ya que no tienen las condiciones agronómicas o los recursos para producir determinados alimentos. Sin embargo, si nuestros principales competidores se orientaran en la dirección de mayores estándares y calidad, los productores argentinos quedarían relegados a los segmentos de menor valor, algo que ya viene sucediendo con algunos productos. 

El ejemplo de esto es con la miel. En este producto, Argentina está perdiendo la carrera con un competidor directo, Nueva Zelanda, que logró capturar los segmentos de mayor valor como los mieles orgánicas, de comercio justo y con propiedades medicinales (nutracéuticas). Así, aunque Argentina es el segundo exportador mundial en términos de volúmenes, es el tercero en valor monetario. Nueva Zelanda, por el contrario, ocupa el quinto lugar como exportador mundial en términos de volúmenes y el segundo en términos de valor monetario.

¿Qué hacer?

En la actualidad, las exportaciones argentinas de alimentos están muy concentradas, tanto por productos como por destino. El complejo oleaginoso (soja, maní y girasol) y el cerealero (maíz, trigo, cebada y arroz) acumulan el 40 del total del país. 

China compra el 96 por ciento de los porotos de soja, 44 por ciento del trigo se exporta a Brasil, 54 por ciento del maíz se distribuye entre cuatro países (Vietnam, Argelia, Egipto y Malasia) y 43 por ciento de las exportación de aceites va a la India. Las harinas vegetales (de soja y girasol) están atomizadas, repartidas entre Vietnam (10 por ciento), Indonesia (9), Reino Unido (6), Polonia (6) y España (5), como muestra un informe de la Bolsa de Comercio de Rosario con datos de 2018. Entre los alimentos procesados la primera región es América latina con 40 por ciento, Europa con 22, Estados Unidos y Canadá con 20 y Asia con 11 por ciento.

Estas tres transformaciones (hábitos de consumo, estándares y proteccionismo) aunque de manera distinta, van a afectar a cada unos de estos productos y destinos de exportación. Sin dejar de buscar más mercados para las commodities, en un escenario de mayor tensión entre eficiencia y resiliencia, entonces, se hará necesario en paralelo abordar los nuevos desafíos que plantee el contexto de la pandemia y pospandemia para aumentar la exportación de productos de mayor valor agregado y diferenciación.

En el corto plazo, el riesgo de perder mercados por el uso creciente de certificaciones y requerimientos puede convertirse en una oportunidad para incentivar la diferenciación y la producción de alimentos con más valor agregado. En las últimas décadas tuvieron un enorme crecimiento los mercados de productos alimenticios con altos estándares de calidad, como los orgánicos, así como los nichos de mercados como los nutracéuticos. Una ventaja de este tipo de productos, a diferencia de los commodities y los alimentos a granel, es que tienen más margen para generar rentas de innovación, es decir, una ganancia adicional lograda por introducir nuevas características a los productos. En la medida en que no están sujetos a un precio internacional como los commodities, pueden generar mayores niveles de rentabilidad y de valor exportado, contribuyendo tanto al empleo como a la balanza comercial.

Ya hay en Argentina múltiples experiencias de productores que empezaron a transitar el camino de las certificaciones y a direccionar sus esfuerzos hacia segmentos de mayor valor agregado, y están preparados para seguir los nuevos requerimientos de los mercados internacionales. Para que estos casos escalen y se repliquen hace falta políticas que apoyen la producción bajo estándares de salud y ambientales, las investigaciones en temas afines, y también que ayuden a resolver los conflictos por el uso de recursos compartidos, como el agua o la tierra, entre productores que requieren estándares diferentes, como por ejemplo los de orgánicos y convencionales.

En el mediano plazo, es necesario promover en el agro, y otros sectores de recursos naturales, el desarrollo de productos y servicios asociados intensivos en conocimiento, que ayuden a diversificar la matriz productiva. En estos segmentos existen numerosos ejemplos de éxito de empresas de servicios para el agro intensivos en conocimiento como las que desarrollan semillas, maquinaria agrícola, servicios de agricultura de precisión. Algunas ya han logrado internacionalizarse con éxito, como la empresa Don Mario de semillas, sin embargo otras todavía operan orientadas al mercado interno, como la mayoría de maquinaria agrícola.

Es fundamental desarrollar una estrategia para el apoyo de estos segmentos, ajustada a los desafíos que enfrenta cada uno. Esta debería, sin embargo, evitar atajos siempre costosos como los acuerdos bilaterales de comercio, por ejemplo el del Mercosur-UE, que representa un riesgo para sectores económicos generadores de empleo para una gran parte de la población. 

Al contrario de los postulados liberales que piden menos regulación, los desafíos acá planteados necesitan un Estado activo que establezca una dirección clara y espacios de participación con los actores sociales involucrados en los procesos de producción

La innovación productiva y la diversificación exportadora necesitan de un Estado moderno y de redes activas que incluyan a científicos, empresarios y funcionarios, así como un claro apoyo y valoración por la diversidad productivas y social. 

En un mundo caracterizado por un alto nivel de incertidumbre, la estrategia de inserción debería promover una estructura productiva y exportadora diversificada en productos y mercados, con valor agregado de actividades intensivas de conocimiento en toda la cadena